La Ciudad de la Memoria

Valencia a veces parece una ciudad desmemoriada, demasiado ocupada, permanentemente a otras cosas, que vive al día, que no parece recordar qué pasó ni por qué ni hacia dónde la dirigen los pasos de quienes la habitan, como todas, imagino, aunque una novela negra ambientada en una ciudad luminosa como ésta ha de tener necesariamente una impronta especial, que la haga única. Así la muestra Santiago Álvarez en su ópera prima, su ‘ciudad de la memoria’.

A partir de la inquietante figura de Arturo Dugo-Escrich y “un robo que no era un robo, una familia que ocultaba información, unos hermanos que no se fiaban entre ellos”, se nos muestra en un escenario repleto de lo de casi siempre: dinero, poder, corrupción, “el lado amable de la vida”. Estamos ante un caso extraño encargado a un detective de poca monta y una becaria recién contratada -estudiante de periodismo- a raíz de la desaparición de un pájaro. La novela pues no va de asesinatos, al menos en principio. Sí va de alguien que parece ser quien no es, como demuestra la carta descubierta con la cual da comienzo el capítulo XIX. Y va del miedo, como introduce una cita de película ‘La dama del Lago’ (1947) en el capítulo de la persecución de Armando: ‘tengo miedo, es maravilloso’. También hay crítica social, lado oscuro, inconsolable melancolía.

Intrincada trama -a veces excesivamente enrevesada o sobrecargada a mi gusto- que cuadra al milímetro y ofrece algunas escenas memorables como la captura de Armando el fugitivo, la primera persecución en el viejo Ford Fiesta de Berta -sobre todo el final, que acaba con todo el mito persecutorio del género de un frenazo-, el primer informe de Berta sobre el caso, como el comienzo de la carta de Arturo Dugo-Escrich. Como los diálogos brillantes, las personalidades de Berta y Mejías o las escenas de cuando éste conoce a Ángela en su estudio y los hilarantes y tórridos momentos en la piscina del Bibliogym con el bañador a rayas -absolutamente deliciosos-. Su metodología desternillante ahí o en el plató de televisión derrocha inteligencia, humor, frescura, ganas, pasión por el género y Valencia y debilidad manifiesta por los perdedores que aún a sabiendas de su condición ni quieren ni pueden dejar de serlo. En un momento dado Berta le dice a su jefe: “en algo somos iguales: los dos hemos tropezado con mala gente y nos hemos visto solos. Pero no juegue conmigo, yo no soy tan dura como usted”.

De la mano de ambos nos adentramos en un rico mosaico de la negritud del alma en tiempos inciertos, mientras se nos muestran todos los colores del negro en un mundo en el cual las pasiones humanas resultan ser mucho más determinantes de lo que quisiéramos reconocer.  Y lo más curioso, siendo realista la novela no es sórdida, y no deja de serlo -realista- a pesar de sus toques de ensoñación, misterio y hasta romanticismo en un equilibrio perfecto. La afectación bogartiana de Mejías no es más que la superficie de un detective quijotesco aferrado a cuatro estereotipos del género negro. En Vicente -que así se llama- se sospecha escondido mucho más que escogidas referencias a películas de los años cuarenta y cincuenta, unos cuantos clichés adoptados, un anclaje férreo al pasado. Su impronta parece surgir de una profunda reflexión sobre una manera de estar, de sobrevivir en el mundo aguzando el ingenio sin perder el estilo.

De prosa más bien sobria aunque bien dotada, versátil pero no efectista. No estás ante un tobogán de emoción lectora sino ante una historia bien contada con cierto aire de meninfotisme playero por quien es el director de contenidos de ‘Valencia Negra’. Hay que ser muy viejo -literariamente- para escribir así y hacer apreciar cada metáfora, cada aforismo, tanto como las posibles pistas sobre el caso. Álvarez ofrece anotaciones históricas que nos redescubren de nuevo lugares y monumentos descritos para foráneos mientras se divierte volteando Valencia, haciéndola volar por los aires en esta novela cincelada minuciosamente con tiempo, enorme pasión hacia un noir que trasciende humorizándolo y repleta de personajes entrañables como Manuel el gitano, respetables como Rosita, deseables como Ángela, insondables como el rey Arturo, abrazables como Berta o el propio Mejías.

“La ciudad de la memoria” posee el innegable encanto de convertir lo sórdido en elegante y ofrece un poderoso atractivo que radica en que su ironía y mordacidad sean indisolubles de una profunda humanidad. No hay amargura sino visión inteligente y realista, apego a cada manifestación de la condición humana. El mundo es así y punto, parece decir Álvarez con tono poético, y con las cartas que hay se juega. Como diría Mejías en un momento dado “la vida no es más que un montón de cabos sueltos… no somos más que seres imperfectos jugando a que todo esté bien”.

Yo sí creo que quedan zonas de sombra, un pasado que pesa demasiado que dará paso a una segunda novela, a la continuidad de la saga. El autor parece apuntar hacia lo que hará Mejías en próximas entregas: volver precisamente la vista atrás como el hombre atormentado que es. Álvarez ha lanzado una promesa de lo que vendrá en un ejercicio de anhelo de contar. Leerle ha sido como beber un Laphroaig con hielo mientras escuchas un buen concierto de jazz. Con alma. Y con sudor.

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