El último romántico 

Has encontrado al último romántico. Estaba cara a su móvil a la puerta de la biblioteca mangando wifi y reía a carcajada limpia. Le has estado observando a tan sólo unos pasos desde la misma acera sin que se diera cuenta, tan ajeno al mundo parecía. Atila hoy no tenía prisa por hacer sus cosas así pues te ha dado la coartada perfecta para rondar cerca inadvertidamente. Sacarlo a pasear te permite curiosear cosas de la gente de primera mano mientras infringes la normativa pública y te sientes ladrona y detective a un tiempo, perseguidora y perseguida. Es tan divertido adivinar cómo son algunas de las personas con quienes te vas cruzando. Él iba absorto en su móvil mientras hacías tiempo para la cena. Finalmente se ha percatado de tu presencia y tampoco es que pareciera importarle demasiado, la verdad.

Algo, no sabrías precisar qué, le daba un aspecto romántico. A primera vista tenía un aire iluso, risa estridente y despreocupada, mirada pueril. Como románticos no los hay a montones no deja de ser reconfortante en los tiempos que corren. Tú les reconoces a la legua. Esa cualidad en ti te gusta aunque tal vez sea común a todos quienes habéis trabajado pegados a las voces de la gente. Son románticos del gesto, de la provocación y el agite, de los que gustan caminar con el paso cambiado porque de otro modo se aburren, convencidos de la necesidad del diálogo o de servir de contrapunto del éxito; capaces de lo más infantil, ridículo o absurdo y capaces de lo más grande valga o no valga la pena. Son el héroe a laurear y el enemigo número uno a abatir, por supuesto.

Para ti romántico es que Muñoz Molina o Pau Gasol se empeñen en volver, por ejemplo; que Pérez-Reverte escriba sobre hombres buenos a pesar de ser un cascarrabias -ilustrado pero cascarrabias-, o que el Príncipe Felipe continúe como rey a sabiendas de que la familia mata y no se le quiere. Romántico es que el dueño del bar donde te haces el café con leche te ponga dos azucarillos en vez de uno sin escatimar, que haya quien se guarde el que no usa y se lo lleve para el café de su casa a fin de ahorrar, que el de la pequeña tienda de la esquina aguante en plena crisis y pleno siglo XXI o que haya quien no acepte según qué cosas. En cualquier profesión u oficio y cualquier circunstancia de la vida. Los has visto, están ahí cada día y al siguiente y al otro, amenazantes, algunos con una risa tan escandalosamente sana e inocente como la del presunto romántico que ahora te ocupa.

Observarle, observar a la gente es uno de los placeres en este mundo tecnológico en donde hemos reinventado el voyeurismo discretamente a voces vía redes sociales. Aunque a éste le sigues en vivo y en directo. No es la primera vez, ahora que caes, coincidisteis hace un par de semanas en el súper. Iba con su pareja, dejó pasar a una señora y miraba a la cajera a los ojos como si tuviera hijos e hipoteca. Hay gente que está comprando limpiacristales y parece que vaya a la ópera, no sabes porqué. Te caen bien, él y su chica. En la cola del paro, la de la administración de lotería o del pan, no recuerdas bien, el otro día un amigo de los que envejece bien por dentro aunque regulín por fuera -éste es de los que va a la ópera y parece que esté comprando limpiacristales-, te iba diciendo en plan broma:

-¡Oh… mi suerte contra el infortunio!, ¡mi honestidad y honor contra la mala fe!, ¡oh… el talento contra la mediocridad…! ¡Oh…, oh, oh!. Tendrás que reconocerme que ser romántico hoy suena, y peor aún, ES idiota. (Todo dicho con gran reverencia ante la mirada atónita de los de la cola).

-El romántico más auténtico es aquel que finge no serlo para no parecer uno de ésos de medio pelo, le rebates tú. ¿Y el peor?, el mismo: cualquier cosa que haga no rozará siquiera el ideal. Además, ser romántico es ridículo en la práctica, el mero gesto de intentar tocar la belleza es irrisorio.

Pero como decías son impredecibles para el resto de los mortales porque sus leyes son singulares y eso les convierte a todos los efectos en no previsibles cuando se mueven en sociedad. Te has encontrado soñadores de poco fuste -con Atila o antes de Atila- que se crecen porque el corazón les puede y creen que eso les otorga un halo sobrehumano y justifica cualquier extravagancia. Síndrome de Byron le llamas. Dan miedo y siembran el caos a su paso con su corazón desbocado. Tú a veces te reconoces en este subgrupo de alucinados. No es broma. O sí. Hay románticos de entresemana, románticos escondidos bajo una losa pétrea tras siglos de caverna, necesitados de desincrustante para retirar capas sucesivas de días anodinos; románticos recubiertos de chocolate crujiente que estás deseando morder; románticos de salón, de puertas hacia afuera, más falsos que la falsa monea. Los hay por contra abanderados de un romanticismo bisoño que tiene su punto ante ese artificio social que algunos resulta tan cansino. Románticos de chabola y alma okupa; de los que suben el nivel de azúcar; naïfs, minimalistas, románticos de la nube… y luego está el romanticismo de manual, básico y ramplón y después el para avanzados y por último el high level, el de los temerarios sin guión, suicidas sin red de los que cambian el mundo.

Recolocado a través del tiempo el romanticismo está de vuelta, paradójicamente, de sí mismo y no reconoce al yo si no es a través de la otredad. Ha ido y ha vuelto y en esa renuncia se muestra más necesario que nunca. Revestido y calzado de ego el yo ahora debe desencorsetarse de aquél para encontrar pleno sentido a través de un movimiento revolucionario en todos los ámbitos vitales, que rompa con todos los esquemas establecidos y no es otro que el de la exaltación de lo colectivo.

Aún hoy no hay nada más peligroso que un romántico porque siempre va armado y es inasequible al desaliento y lo es por encima de maniobras de acoso y derrumbe. Así pues te reiteras en tu primera impresión: puede resultar algo iluso, incluso idiota, pero incólumemente idiota como esos muñecos tentetiesos que siempre regresan al lugar tras ser zarandeados. Está en su mecanismo, en su naturaleza. Un romántico reconoce a otro -siempre- y aunque no se conozcan o saluden se mirarán a los ojos y -se sonrían o no- en su código silencioso se estarán diciendo: -Que tengas un buen día. Mientras el otro le contestará con una leve inclinación: -Ojalá algo te sonría hoy al menos un poco, lo justo para ir tirando.

Un vuelco te sobrecoge en forma de temor, de sospecha mientras te preguntas si éste fuera el último y no te volvieras a cruzar con otro. Ya. Atila ha hecho lo que tenía que hacer. Tiene forma de Pou.

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