Número Cero

 

“Eramos todavía un periódico sin lectores, y por lo tanto, se diera la noticia que se diera no habría nadie para desmentirla”.

La frase pertenece a ‘Número Cero’, última novela de Umberto Eco en la cual Colonna, el protagonista, le confiesa a Maia, una compañera de esta nueva aventura emprendida por un puñado de reubicados, que la publicación periodística nunca saldrá a la luz; no es ese su propósito. Estamos en Milán, en 1992, y contamos con seis redactores junto al propio Colonna en torno a un proyecto que ni siquiera tiene como objetivo último lanzar un solo ejemplar aunque ellos lo desconozcan. Es el mundo al revés, la construcción de una realidad para manipular a los intereses fácticos y coaccionar al poder que mueve los hilos. Desde ese punto de partida la amarga parodia está servida.

Para ello el escritor italiano desguaza la profesión en forma de diario interno de trabajo. Empieza exponiendo la praxis de la técnica del desmentido como introducción de lo que vendrá a ser un cínico manual y se sirve de un desmentido del asesinato de Julio César, una verdadera delicatessen tras la cual se sucederán mordidas de contratas públicas, intencionadas alarmas farmacéuticas y hasta órdenes de caballería en conflicto con los intereses del editor. Cuál no será el poder de la prensa, lo iremos viendo día a día: la mesa de redacción se centra en los horóscopos una vez la sección de los porqués de las cosas queda liquidada, mientras a la jornada siguiente el tema central será la contaminación atmosférica y cómo esta influye en el tamaño de los penes de las nuevas generaciones, lo que supuestamente provocará repentinas conversiones al ecologismo.

Para hacerse una idea del tono, la novela, cuyo estilo narrativo conforme avanza recuerda si no evoca directamente a José Saramago, se situa además en las antípodas de la visión romántica del oficio de García Márquez, décadas después, claro está. Baste apuntar que cuando alguien debe escribir simultáneamente sobre una crisis de gobierno y necrológicas en Domani se le llama ‘homogeneizar el estilo’. Cambria, por ejemplo, es el especializado en preguntas tontas por obvias. En la búsqueda de temas muchos acaban siendo descartados por inapropiados cayendo en los lugares más comunes. Maia propone en varias ocasiones combatir los estereotipos pero todo reconduce de vuelta a los horóscopos, los anuncios, las esquelas y reportajes en burdeles, así pues avanza el proyecto y su mirada se va tiñendo, como si se hubiera dado cuenta de que se había metido en el foso de las serpientes. Mientras, Braggadocio delira sobre lo sucedido con la muerte de Mussolini, lanzando teorías varias que enturbian la versión oficial de los hechos. ¿Acaso hubo un doble que murió por el Duce mientras el verdadero huía a Argentina?.

También le llega el turno a la justicia y a un juez metomentodo por atreverse a confrontar los negocios del editor, el commendatore Vimercate, cuya sombra alargada jamás ha intentado influir de ninguna manera, asegura el director, quien a su vez ha encargado a nuestro hombre que haga de negro literario en la preparación de un libro, en el que se plantea justo lo contrario de lo que realmente hace. Como si creyera necesario exhibir tal derroche de cinismo la fina ironía de Eco, cuyo retrato de tan burdo no parece real -y es precisamente ahí en donde radica su mayor ironía, cuanto más grotesco y retorcido, más creíble, más fiel resulta a la realidad-. Eso sin nombrar que el Commendatore las más de las veces parece el propio Berlusconi.

Tres días después nuestros héroes se ocupan de las palabrotas, de cómo abordarlas y suplirlas por circunloquios. A un tiempo Braggadocio sigue con la autopsia de Mussolini y una elaboradísima y más que fantástica tesis sobre el posterior regreso del Duce desde Sudamérica para perpetrar un nuevo golpe de estado y en el periódico preparan la que no será su sección de citas y anuncios matrimoniales bajo la interpretación de Maia. Sexo, drogas y un artículo sobre la honradez dado que esta “siempre vende muy bien” sirven de broche hacia el final del libro.

Eco, que tanto juego ofrece en las entrevistas pero cuya obra resulta tan difícil glosar, pone en escena y deja caer por ejemplo que las palabras mienten, que los grandes artículos deben estar debidamente envenenados y da a entender que se podría haber escrito mucho más, como bien sabe el director del Domani, Simei. De él nos dirá nuestro perdedor compulsivo que “en su género es un dios, es su género el que es una mierda”. Comentarios como este son lanzados desde la madurez pero es que la edad del protagonista no es gratuita, 50 años. “Vivimos en la mentira y si sabes que te mienten, debes vivir instalado en la sospecha” constata a través suyo el semiólogo y comunicólogo. Colonna propone a Maia,-que representa la inocencia a perder y un innegable ímpetu contestatario desde el arrojo de la juventud-, huir y desenmascarar la farsa de Cero y no sólo eso sino además la red Gladio, la muerte de Juan Pablo I o el atentado contra su sucesor en el Vaticano y el affaire Borghese. Ella -la desaprovechada Maia-acabará sirviéndole de pretexto a una madurez que se debate consigo misma para  confesarle  “¿Sabes cuando empecé a ser de verdad un perdedor?, Cuando empecé a pensar que era un perdedor” o decirle que “no hay mayor éxito que el ameno encuentro de dos fracasos”.

A estas alturas de la novela, los pobres ilusos de la redacción dan pena y provocan ternura. Aún faltaban un espía y también un periodista de investigación para provocar que todo se desencadene de una manera inesperada. Te resistes a pensar que Eco, dueño de una facilidad pasmosa para las composiciones de lugar, nos presente una mirada tan ferozmente escéptica sin tregua para el hombre que huye de la podredumbre buscando un resquicio de dignidad, un hueco moral en donde guarecerse. Pero ‘Número Cero’ apunta a la yugular de las prebendas y profundas paradojas de la prensa. Y más allá de la realidad, hacia la verdad desnuda en una visión cruda de la comunicación y el lenguaje y el modo en que ambos filtran e interpretan la realidad y la Historia. Sin contemplaciones, tal y como hiciera en su último libro ‘El cementerio de Praga’, sobre las tergiversaciones históricas y la propagación de bulos a lo largo del siglo XIX, relacionándolos con las peripecias de su protagonista, creador de documentos falsos por encargo.

De nuevo aquí se repite la máxima de que nada es lo que parece y nadie es quien realmente dice ser. De la época amanuense a la de Internet, al autor de ‘El nombre de la rosa’El péndulo de Foucault’ o ‘Baudolino‘ sólo le han hecho falta en esta ocasión 224 páginas y un tipo de letra generoso para transmitirnos el lado más mentiroso, salvaje y risible de la comunicación social  (con venta de coche y divertimiento mussoliniano mediante incluidos) en plena era del simulacro de Baudrillard en donde en un mundo hiperreal, ser o no ser, ya no es la cuestión.  Pero con él te sucede algo: a pesar de abordar grandes temas y someterlos a honda reflexión; a pesar de reconocerle cierta ternura, te resulta excesivamente cerebral; hay varios niveles de lectura pero no feeling probablemente por el peso desigual entre discurso y literatura. Aún así te gustaría pensar que tal vez  ‘Numero Cero’ no se trate únicamente  de un retrato conspiranoico, sino de un alegato a la contra, es decir; una fervorosa defensa del periodismo contra cualquier manipulación y envilecimiento, una defensa de la palabra, de la auténtica comunicación, de la belleza y la escritura, de la que nunca muere. Lo pensarías si a estas alturas de su obra no supieras que no le gustan las ideas subyacentes ni los dobles lenguajes.

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Gil-Albert y Xàtiva

 

Prueba de que el calor ‘socarraet’ de ‪#‎Xàtiva‬ contribuye a un circular diligente de la sangre oxigenando el cerebro -salvo en contadas excepciones-, es que Juan Gil-Albert sobreviviera a sus veranos aquí con su sensibilidad e inteligencia intactas, a pesar de pasarlo a las faldas del castillo, punto muerto del Meteosat.Estos días me pillan en un libro de la obra escogida del poeta y ensayista, a quien conocí una tarde en que nos recibió como estudiantes de periodismo. Veraneaba en Xàtiva, junto al castillo (La finca Montsant, hoy hotel, era de su abuelo). No recuerdo mucho de la entrevista, fue en su casa de Taquígrafo Martí. Sí recuerdo su amabilidad y una anécdota: hablábamos críticamente acerca de un tema entonces de actualidad, el hermanísimo de Alfonso Guerra. Gil-Albert recordó que el entonces vicepresidente le acababa de felicitar por su cumpleaños. (Aquello que ayer se te mostraba como intolerable hoy te puede parecer hasta irrisorio visto lo visto en corrupción).

Si leyerais los pasajes de la infancia y veranos de juventud de ‪#‎GilAlbert‬ en Xàtiva y Alcoi disfrutariais. Lo fugaz, el ejercicio de la memoria, o ya más adelante sus reflexiones y vivencias sobre el exilio, el fanatismo y la ecuanimidad, son un bálsamo para el espíritu. Cuán desconocidas nos resultan algunas cosas:

“Pero aquel momento, helo aquí, atrapado en mi memoria intacta, con su luz, su ilusión, su sortilegio, como los chicos descubren, en la intersección feliz de dos ramas, un nido. Más vivo en mí que en los que fueron sus creadores inconscientes. Más permanente al menos. Ociosidad, me digo. Ser ocioso ¿no será más bien atributo de una laboriosidad genuina?. Unos trajinan, otros conservan; es decir, eternizan. Se es como un broche que reúne y fija con el centelleo de joyel, el discurrir del tiempo; con todo lo que el tiempo contiene, la humana grey, los árboles, las mesas, los tranvías, el perro perdidizo que pasa, y sin lo que, con todo su proceder inasible, y al parecer omnipotente, no sería nadie, o más propiamente, no sería nada, no tendría nada que hacer. ‘In solis sis tibi turba locis’ nos recomienda Tibullo. Y yo cumplí: hice mío, en mi soledad, el mundo.” ‘Autorretrato’, 1972.