La luz y el spleen

 

Si Baudeleaire hubiera conocido Valencia su spleen hubiera sido diferente. Hubiera desprendido nostalgia, añoranza ávida de su luz y la melancolía vestiría de otro color. La literatura miraría hacia la terreta con veneración, como nos miran los guiris con calcetines, emocionados, rojos como un tomate y sudorosos ante una tierra de tan dulce y displicente vivir. No es la estética del cansancio de Baudelaire, es la estética de la vacación la que irradia Valencia, paraíso en donde el tiempo se detiene mecido por la luz, acunado el spleen entre rayos de sol para diluirse al fin. No lo han descubierto los turistas.
Valencia ha sido ciudad de pintores de su luz, es la inspiración natural, sin artificios, pero ¿ha sido pintada por sus poetas? Algún día tienes intención de ponerte a ello para comprobarlo: buscar rayos, haces luminosos desprendidos en Azorín, Gabriel Miró o en Teodoro Llorente y Francisco Brines. ¿Tiene la luz su lado oscuro? De Baudelaire a Miguel Hernández hay un desfase de luces y sombras. La luz y el éter del olvido, los poemas prohibidos y los vividos, lo profundo y turbador frente a lo luminoso, la firme convicción de que la luz y sus matices determinan el modo en que vemos la vida vienen a demostrarte la importancia de la sutilidad de los matices en cualquier aspecto. No sabes si parece que la poesía y la luz sean antagónicos, que la lira tienda al recogimiento y a mirar entre sombras y penumbras. Que el desasosiego, la angustia vital del spleen no quepan en la paleta de los colores de esta tierra y a su vez el éxtasis feliz que irradia todos los matices del blanco no inspire como corresponde —todo lo que debiera— en poesía.
El arte por el arte llevaba a Baudelaire al aburrimiento, al diletantismo, ¿O era más bien al revés? En la primera parte del ‘Esplín e Ideal’ el poeta presenta diversas formas de salvación y huida del mundo: la belleza, el arte, la poesía, la muerte y más adelante el amor y el erotismo. Tras haber comprobado el fracaso de estas formas ideales de liberación, nos encontramos con el spleen o el hastío, el tedio ante el tiempo y su repetición. El principio se puede identificar con el arte incomprendido de los artistas que, del mismo modo que desarrollan una forma de vida alternativa o extravagante (vida bohemia), desarrollan su arte de forma ajena a las instituciones artísticas (academias, museos, salones artísticos), los encargos oficiales y el mercado del arte (arte independiente). “El artista debe mirar todo como si fuera un niño ebrio que ve todo por primera vez”, decía Baudelaire.

Hasta el decadentismo de su prosa es manifiesto en la beldad estético-sensorial, un escapismo de la cotidianeidad, evocación de sensaciones, un viaje al intento de apoderarse del Edén artificial, a la tiranía del goce que somete a la voluntad. “La sensatez nos dice que las cosas de la Tierra bien poco existen, y que la verdadera realidad solo está en los sueños”. Baudelaire fue un hombre dividido, atraído con idéntica fuerza por lo divino y lo diabólico. Sus poemas hablan del eterno conflicto entre lo ideal y lo sensual, entre el spleen y el ideal. Indisciplinado y bohemio, el poeta de la modernidad y los excesos sabía que el demonio lo llevamos dentro y buscaba el paraíso fuera de sí a través de la evocación sensorial. ¿Las flores del mal del dandy hubieran fecundado, hubieran prosperado aquí?

“Para no ser esclavos martirizados del tiempo, embriagaos, embriagaos de verdad, con vino, poesía o virtud, como gusten”. ¿Donde podrían converger dos realidades en principio tan dispares como las de Sorolla y Baudelaire? En el color, puesto que el spleen tiene color. Tal vez se encontrarían en el albayalde, el blanco, los blancos de Sorolla, cuyos colores siguen siendo estudiados de manera minuciosa desde el punto de vista de su composición química, según recogía un artículo de ‘Las Provincias’. El término albayalde (del árabe al-bayūd, ‘blancura’) designa al carbonato básico de plomo, un pigmento empleado tradicionalmente en pintura artística y, por extensión, también al color de ese pigmento. El color del albayalde es blanco, con un tinte rojo amarillento casi imperceptible que tiene como peculiaridades el oscurecimiento con el paso del tiempo y resultar bastante tóxico.

Convergen, ya lo creo. Luces y sombras. Y aire. Como en el azul grisáceo y todos los azules agrisados de Estambul o el cielo protector sobre el desierto de Marruecos, por ejemplo. Te has emocionado al encontrar esto —un regalo del internet—, que de vez en cuando tiene estas cosas. Es un fragmento de ‘De Curiosidades Estéticas – Salón de 1846’ del propio Baudelaire, el autor habla del color, de la luz, del sentimiento y su reflejo: “El aire desempeña un papel tan importante en la teoría del color que si un paisajista pintara las hojas de los árboles tal como las ve, obtendría un tono falso dado que hay un espacio de aire mucho menor entre el espectador y el cuadro, que entre el espectador y la naturaleza. Los engaños son continuamente necesarios aun para llegar a un efecto ilusorio. La armonía es la base de la teoría del color. La melodía es la unidad en el color, o el color general. La melodía requiere una conclusión; es un conjunto en que todos los efectos concurren a un efecto general. Por eso la melodía deja en el espíritu un profundo recuerdo. A la mayor parte de nuestros jóvenes coloristas les falta melodía. La mejor manera de saber si un cuadro es melodioso consiste en mirarlo desde bastante lejos como para no comprender su tema ni sus líneas. Si es melodioso tiene aun así un sentido y ha tomado desde entonces su lugar en el repertorio de recuerdos. El estilo y el sentimiento en el color provienen de la elección y la elección depende del temperamento”.
“Ignoro —continúa el poeta— si algún analogista ha establecido de manera sólida una gama completa de los colores y de los sentimientos, pero recuerdo un pasaje de Hoffmann que expresa mi idea perfectamente, y que ha de agradar a cuantos aman de forma sincera la naturaleza: “No es solo durante el ensueño, ni en el ligero delirio que precede al sueño, sino también despierto y cuando oigo música, que encuentro una analogía y una íntima relación entre perfumes, colores y sonidos. Me parece que todas esas cosas han sido engendradas por un mismo rayo de luz, y que todas ellas deben reunirse en maravilloso concierto. Sobre todo el olor de las caléndulas, rojas y castañas produce en mi ser un mágico efecto. Me hace caer en profunda meditación y oigo entonces en la lejanía los sones profundos y graves del oboe. Los dibujantes puros son filósofos y destiladores de quintaesencias. Los coloristas son poetas épicos”.

Valencia se ofrece como inspiración natural, sin apenas lugar para el artificio en una poesía vívida de la claror, una luz “descarada que agosta los misterios”, tal como decía Rafael Chirbes, porque es un paraíso en donde el tiempo se detiene mecido por la luz y en donde la melancolía viste de otro color. También la luz va siempre pareja al calor del sol reflejando la belleza en su sencillez espiritual y irradiadora como la tierra o lo femenino. “La mujer es el ser que proyecta la mayor sombra o el mayor albor en nuestros sueños; vive de una vida distinta a la suya propia; vive espiritualmente en las imaginaciones que atormenta y que fecunda”. No lo han descubierto los turistas.

Si el rayo de belleza parte de algún lugar hasta la expresión de las cosas es en la luz. En la de la tierra de donde uno es y no deja de ser jamás, atrapado en su fulgor, que es la claridad de la que parte su visión del mundo. Si Baudelaire hubiera conocido Valencia su spleen hubiera sido diferente, blanco albayde tal vez. La sinuosidad de la onda viajando por el éter le hubiera atrapado para anclarle a la tierra y para que se dejara de dispersidades alcanzado por la luz que destellea la vida exultante a su paso.

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