Sinopsis de ‘En cada derrota’

A partir de una pintada en un puente de la autovía, que reaparece cada vez que es borrada “En cada derrota” pretende recordar que hemos sido muchos quienes nos hemos dejado arrastrar por el desconcierto de estos últimos años sin oponer resistencia a través de pequeñas claudicaciones con el sabor amargo de la derrota.

Entre caídas y espíritu crítico, los artículos escogidos para esta recopilación juegan con la danza como pretexto para huir del encorsetamiento y la rutina y dejarnos sacudir. Sus ‘piruetas’ publicadas como blog d e autor dentro del periódico ‘Las Provincias’ ofrecen un cuerpo a cuerpo al lector a partir de la irrupción de las redes sociales, repletas de memes, selfis, drones, cacas con ojos o diógenes sentimentales. Graves unas, ligeras otras, mordaces las más, la autora da cabida en ellas a reflexiones libres y manifestaciones artísticas y culturales diversas.

Así girando en distintos movimientos aparecen consignas, enchufismo, cursiladas, líderes, etiquetas, simulacros sociales, desmayos, mentiras oficiales y hasta una generación idiota. También bailan trenes de cercanías y el eterno masculino entre luz y spleen, fajatangas, exilios o incluso la elegancia sobre un dietario que tiene algo de cuadro de época y ritmo caliente de lo que pasa.

Estamos ante “un ejemplo reciente de audacia analítica e interpretativa que asume la mejor tradición literaria” en opinión del escritor Justo Serna, para quien además esta selección ofrece “buena prosa, humor, cultismos, referencias pop, cierta actitud pesimista y a la postre un optimismo circunstancial. Fani Fernández nos alivia pero no edulcora. Antes al contrario se implica y se complica la vida, aunque lo hace con gracia, con desenvoltura, con desenfado”.

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Etiquetas

 

02-07-2015

Estamos viviendo un debate apasionante, uno más de entre tantos, acorde a los tiempos que nos han tocado en suerte referido al etiquetado de lugares, trabajos, partidos políticos o asociaciones; algo que hacemos también con las actitudes e incluso con las personas. Ya casi parece que estamos obligados a ello. Todo es susceptible de ser etiquetado, menos las etiquetas, alzadas como juez supremo. La irrupción de las redes sociales han llevado hasta el paroxismo un auténtico deporte nacional desde siempre: sentarse en una esquina e ir poniendo nombre a quien pasa y lo que sucede mientras se ve la vida pasar. Hay maestros en ello, y muchos muy divertidos, es cierto.
Sin ir más lejos el otro día escuchaste a dos por la calle diciéndole el uno al otro: “ese es del Atlétic de Madrid, o del Sevilla, lo lleva escrito en la cara”. No es la única vez que has escuchado afirmaciones así de rotundas; estás harta de escuchar frases como “con esa cara, ahí donde la ves, es de las que las mata callando” o “trabajó para una multinacional, menudo partido” cuando quizá ello no le exima de ser un impresentable.
Encasillar a alguien en razón de lo que sea te parece desde siempre, puede que desde el instituto, tremendamente injusto y perjudicial tanto para la parte etiquetada como para la que etiqueta, puesto que ambas dos se pierden mucho de lo abierto que tiene la comunicación. Hoy en día la palabra ‘etiqueta’, lejos, muy lejos del significado clásico en torno al protocolo de la elegancia, tiene un valor eminentemente comercial sobre la composición de una prenda, su talla y el precio en cada país (algunas son más largas que las cuentas de la compra de una familia numerosa). En tu adolescencia había una marca de vaqueros con etiquetas de varios colores según la calidad del tejido de infausto recuerdo. Contigo hicieron el antimarketing.
Aunque en la fase de conocimiento de cualquier cosa resultan lógicas la identificación, valoración y calificación de una dedicación, ideología, etc., la clasificación en sí misma conlleva mucho peligro, bien lo saben los de marketing, historiadores y responsables de documentación. Te contaba el escritor Antonio Penadés que el también escritor Antonio Muñoz Molina habló el otro día en Valencia, en el centro cultural de La Rambleta, “de la idea del rechazo a los prejuicios, algo muy común en su obra y muy dañino en la literatura y en la sociedad en general. Tanto él como Elvira Lindo destacaron cómo la gente en USA, sobre todo en Nueva York, no juzga a los demás como tantas veces hacemos aquí. No juzgar y no etiquetar, ni optar por etiquetarse, sería un ejercicio de lo más saludable”. Penadés abundaba en esta opinión: “etiquetar implica tratar a los demás como borregos, como individuos que necesariamente necesitan compartir sus planteamientos y sus comportamientos con los de un grupo determinado. Supongo que el que etiqueta lo hace porque sí, porque él mismo es así. Respecto a juzgar a los demás, desde luego, es bastante peor que eso”. Para Margarita Quesada, miembro del Club de Lectura Penadés, “si hablamos de evidencia, etiquetar equivale a enjuiciar ya que las diferencias entre nosotros vienen determinadas por ese parámetro y lo demás es prejuicio. Sin embargo, creo que lo que en realidad nos molesta es de quién proviene la etiqueta, pertenezcas a un grupo o no, porque nadie es una isla. Si no compartes los planteamientos de los que conoces quizá no sean tan diferentes de los que no conoces”.
Etiquetados. Así andamos más si cabe desde la existencia de las redes sociales, aunque este deporte nacional viene desde muchísimo tiempo atrás, casi desde antiguo. Te propones aprender a ir quitándolas, algo casi tan imposible como arrancar las pegatinas de las maletas puesto que una vez quedan pegadas es bien difícil desprenderlas. Además, a veces crees que las etiquetas nos hacen a nosotros y no al revés. Así se funciona.

Valencia Negra o la virtud

 

02-06-2016

Resulta curioso comprobar cómo dos de las manifestaciones literarias más destacadas en la Valencia de los últimos años tienen como origen un mismo marco y temáticas diametralmente opuestas. Desde hace doce años el escritor, periodista, abogado e historiador Antonio Penadés imparte un curso de narrativa, uno de los más antiguos de la ciudad, germen inicial de iniciativas posteriores desarrolladas por quienes asistieron a él en El Museo de los Marqueses de Malferit, conocido como Museo de L´Iber o de los soldaditos de plomo, en la Calle Cavallers.
La impronta de este hombre, de eminente carácter humanista a partir de su obra basada en la antigua Grecia, empieza a filtrar y dar sus frutos en el panorama cultural valenciano, aunque con toda seguridad aún sea demasiado pronto para calibrar la importancia, el calado que tendrá la profundidad de esa huella. De todas las derivadas de gentes de dicho curso es significativo que sea un festival de la novela negra el que más esté calando entre la gran variedad cultural de esta última época en la ciudad. Si bien está clara la ‘moda noir’ a través de grandes firmas y una renovación importante del género, también es cierto que a nivel local no deja de ofrecer las antípodas de los parámetros del pensamiento clásico. Contrapuesto y complementario, el Festival Valencia Negra aflora con personalidad propia, dueño de una realidad que corre paralela y sin convergencia aparente. Controversia y callado diálogo, también con la Valencia de la virtud, el aprendizaje, el compromiso social y el peso de la justiciera apisonadora de la Historia dentro del círculo del Club de lectura Penadés y el Museo de l’Iber. Así pues bucear en la mente criminal o enaltecer el ejercicio de la virtud conviven plácidamente bajo el sol levantino, entre amigos, hablando y dando que hablar sobre la vida que pasa, sus gentes, sus épicas, sus desvelos, desmadres, miserias y buenas obras. Sin complejos, como la vida misma.
El Festival de género negro de Valencia nació en 2013 da cabida a la literatura o el cine pero también a la fotografía, la música, las artes escénicas y cualquier manifestación cultural relacionada con el género. Organizado por los escritores valencianos Jordi Llobregat, Santiago Álvarez y Bernardo Carrión, la iniciativa pretendía sumarse a la lista de los grandes eventos relacionados con la novela negra en España, como puedan ser los celebrados en Barcelona, Gijón, Getafe, Aragón o Pamplona. Al igual que sus hermanos la lanzaron como un evento participativo y abierto, dirigido a todos los públicos ofreciendo un amplio abanico de actividades desarrolladas en una extensa red de centros, establecimientos y entidades participantes que crece en cada edición, abriéndose merecido hueco durante estos años.
Desde el Festival han contestado a algunas preguntas que te despertaban curiosidad, como que nació “de la idea de un loco, un visionario, como suelen iniciarse las grandes cosas. En otoño de 2012, Jordi Llobregat propuso la idea de hacer un festival de género negro, dentro del ámbito de un grupo literario llamado El Cuaderno Rojo. A esa llamada respondieron algunos miembros de este grupo. Se hizo todo desde cero, así que no es que hubiera algunas dificultades, es que se trataba de una gran dificultad: crear la asociación cultural, buscar contactos con editoriales y autores, poner en pie una programación con sabor propio. Fue, por usar un eufemismo, una época muy entretenida”. Cuentan además que las redes sociales “han sido una palanca muy importante para nosotros, que nos ha permitido llegar a mucha gente de manera barata y eficiente. También hemos invertido mucho en comunicar lo que hacemos, lo cual a veces es infravalorado. Pero sobre todo, creemos que tenemos un buen producto cultural, que sorprende, fascina y genera interés. El que viene a Valencia Negra repite, y cada año se acercan más. Por lo tanto, para crecer en estos tiempos, creo que hay que tener buenos contenidos y saber comunicarlos”.
Se consideran festival independiente: “Nuestra única dependencia es con el público, que determina y determinará si Valencia Negra sigue funcionando o algún día deja de existir. En nuestros actos y presentaciones en prensa verás que no nos suele acompañar ninguna institución y esto está bien así. Valencia Negra es una celebración de la cultura que no debe verse coloreada por otras cosas, y de hecho creo que hemos conseguido trasladar esa imagen bastante bien”. “Nos dirigimos a las instituciones para pedir subvenciones, independientemente de su color, puesto que creemos que las instituciones no pertenecen a ningún partido político sino a los ciudadanos. Y los ciudadanos siempre han sido los destinatarios de nuestro festival, aquellos en quienes pensamos en cada una de las decisiones que tomamos. Creo que la manera de enfrentarse con las marejadas políticas no es perder de vista tu verdadero objetivo, que en nuestro caso es acercar la cultura al ciudadano, es este caso las distintas manifestaciones artísticas (literatura, cine, música, artes escénicas, fotografía, etc. que rodean al género negro”.
¿Qué le falta a Valencia Negra para ser un sueño eterno? Dicen que en el fondo ya lo es, que “los sueños se caracterizan por la fuerza del que sueña pero también por la libertad con que se hace y los mejores sueños son los que se convierten en realidad. Valencia Negra, indudablemente, está hecha con el material con el que se hacen los sueños. Cada año pensamos en innovar, en crecer, en ser originales, en adquirir más características propias. Nunca nos cansamos de soñar. Si la gente quiere hacerlo con nosotros, desde luego nos queda mucho camino por recorrer”.
Sobre la virtud, los chicos de Valencia Negra cuentan cosas de Antonio Penadés y su taller literario, que ha cumplido ya los doce años. “Antonio ha atado a lo largo de estos años a cientos de personas interesadas en la literatura y ha apadrinado a muchos que luego han acabado publicando. De hecho, muchos proyectos culturales (la propia Valencia Negra) se han forjado por amistades que crecieron en sus talleres, así que la deuda cultural de Valencia con Antonio es enorme”. Habla también de su valía humana: no solo ha dirigido y coordinado una ONG durante años sino que además encabeza la asociación Acción Cívica contra la Corrupción, que ha conseguido transmitir e iluminar al ciudadano sobre esta lacra en nuestros tiempos, además de personarse como acusación en procesos locales. Penadés es por tanto un profesor, un escritor, un amigo, una inspiración, un tipo que pelea por lo que cree sin medir el esfuerzo y a cuya sombra hemos crecido muchos de nosotros”, explica el director de contenidos del festival, Santiago Álvarez.
Leyendo sus últimos libros ‘Tras las huellas de Heródoto’ —Penadés— o ‘La ciudad de la memoria’ —el propio Álvarez—, sorprende su capacidad de trabajo. Parecen estar ante un diálogo callado entre líneas y entre amigos. No les ves hablando de estos temas en cafés, perdiendo el tiempo en profundidades sino hablando en y mediante los libros de las flaquezas y miserias humanas, de la grandeza de ciertos propósitos y de lo grato de compartir la pasión por la literatura.