Etiquetas

 

02-07-2015

Estamos viviendo un debate apasionante, uno más de entre tantos, acorde a los tiempos que nos han tocado en suerte referido al etiquetado de lugares, trabajos, partidos políticos o asociaciones; algo que hacemos también con las actitudes e incluso con las personas. Ya casi parece que estamos obligados a ello. Todo es susceptible de ser etiquetado, menos las etiquetas, alzadas como juez supremo. La irrupción de las redes sociales han llevado hasta el paroxismo un auténtico deporte nacional desde siempre: sentarse en una esquina e ir poniendo nombre a quien pasa y lo que sucede mientras se ve la vida pasar. Hay maestros en ello, y muchos muy divertidos, es cierto.
Sin ir más lejos el otro día escuchaste a dos por la calle diciéndole el uno al otro: “ese es del Atlétic de Madrid, o del Sevilla, lo lleva escrito en la cara”. No es la única vez que has escuchado afirmaciones así de rotundas; estás harta de escuchar frases como “con esa cara, ahí donde la ves, es de las que las mata callando” o “trabajó para una multinacional, menudo partido” cuando quizá ello no le exima de ser un impresentable.
Encasillar a alguien en razón de lo que sea te parece desde siempre, puede que desde el instituto, tremendamente injusto y perjudicial tanto para la parte etiquetada como para la que etiqueta, puesto que ambas dos se pierden mucho de lo abierto que tiene la comunicación. Hoy en día la palabra ‘etiqueta’, lejos, muy lejos del significado clásico en torno al protocolo de la elegancia, tiene un valor eminentemente comercial sobre la composición de una prenda, su talla y el precio en cada país (algunas son más largas que las cuentas de la compra de una familia numerosa). En tu adolescencia había una marca de vaqueros con etiquetas de varios colores según la calidad del tejido de infausto recuerdo. Contigo hicieron el antimarketing.
Aunque en la fase de conocimiento de cualquier cosa resultan lógicas la identificación, valoración y calificación de una dedicación, ideología, etc., la clasificación en sí misma conlleva mucho peligro, bien lo saben los de marketing, historiadores y responsables de documentación. Te contaba el escritor Antonio Penadés que el también escritor Antonio Muñoz Molina habló el otro día en Valencia, en el centro cultural de La Rambleta, “de la idea del rechazo a los prejuicios, algo muy común en su obra y muy dañino en la literatura y en la sociedad en general. Tanto él como Elvira Lindo destacaron cómo la gente en USA, sobre todo en Nueva York, no juzga a los demás como tantas veces hacemos aquí. No juzgar y no etiquetar, ni optar por etiquetarse, sería un ejercicio de lo más saludable”. Penadés abundaba en esta opinión: “etiquetar implica tratar a los demás como borregos, como individuos que necesariamente necesitan compartir sus planteamientos y sus comportamientos con los de un grupo determinado. Supongo que el que etiqueta lo hace porque sí, porque él mismo es así. Respecto a juzgar a los demás, desde luego, es bastante peor que eso”. Para Margarita Quesada, miembro del Club de Lectura Penadés, “si hablamos de evidencia, etiquetar equivale a enjuiciar ya que las diferencias entre nosotros vienen determinadas por ese parámetro y lo demás es prejuicio. Sin embargo, creo que lo que en realidad nos molesta es de quién proviene la etiqueta, pertenezcas a un grupo o no, porque nadie es una isla. Si no compartes los planteamientos de los que conoces quizá no sean tan diferentes de los que no conoces”.
Etiquetados. Así andamos más si cabe desde la existencia de las redes sociales, aunque este deporte nacional viene desde muchísimo tiempo atrás, casi desde antiguo. Te propones aprender a ir quitándolas, algo casi tan imposible como arrancar las pegatinas de las maletas puesto que una vez quedan pegadas es bien difícil desprenderlas. Además, a veces crees que las etiquetas nos hacen a nosotros y no al revés. Así se funciona.

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