‘Patria’, de Fernando Aramburu

‘Patria’, Fernando Aramburu.

En 1991, cuando vivíamos un recrudecimiento del terrorismo de ETA y ya habíamos descubierto los GAL, yo me encontraba en Gran Bretaña, mejorando mi inglés. En una clase el profesor me preguntó sobre ‘el tema vasco’. Mi impotencia fue enorme, no únicamente a causa de mi inglés sino porque se me atragantaban las palabras y porque contemplado desde fuera el problema parecía más tremendo, más terrible si cabe. Entonces ni siquiera sospechaba que apenas un año después, tras el asesinato de Broseta, algunos compañeros de periodismo y yo misma seríamos parados en un retén policial. Buscaban a Idoia. Miedo. En 1998 poco después del asesinato de Miguel Ángel Blanco, en un viaje por el Norte, a alguien del grupo con el que viajaba se le ocurrió entrar a la taberna donde asesinaron a Gregorio Ordóñez en el casco histórico de San Sebastián. Me resistí en vano y fuimos. No voy a contar más detalles, solo diré que teníamos enfrente a alguien con cara de pocos amigos escuchando/vigilando nuestra conversación con actitud desafiante y que sentimos miedo, otra vez.

No pensaba leer ‘Patria’, todo y ser anunciada como la esperadísima novela sobre el conflicto vasco y llegarme recomendada por diferentes vías. Para mí llega tarde, aunque tal vez pretenda explicar, aportar a las nuevas generaciones, ya en frío, algunos aspectos siempre candentes, siempre latentes. No obstante, más vale eso que nada, es cierto. Quizá me equivoque y ‘Patria’ solo buscara curar a Aramburu de su exilio en Alemania, de su sensibilidad poética, de su afán periodístico o la necesidad de entender todo lo que le/les ha tocado vivir durante décadas. Tal vez fuera demasiado complicado entonces y haya fenómenos, patologías que se observen mejor desde la distancia. También eso era previsible, su carácter descafeinado y tardío y eso que los libros, las editoriales, hoy por hoy constituyen para muchos un auténtico refugio moral para abordar muchas cuestiones. Publicarlo no debe haber sido un riesgo fácilmente asumible, todo y ser un libro esperado.

¿Las patologías sociales deben ser cortadas de raíz? ¿Se debe ser transigente? ¿Qué vence más, el odio o el miedo? ¿O es la desidia? ¿Cómo germinan, de qué manera se abren paso esos fenómenos sociales? ¿Es posible llegar a ‘ententes’, a acuerdos de mínimos entre las diferentes sensibilidades que habitan en las sociedades plurales en la actualidad? ¿Es cierto todo lo que se nos ha vendido históricamente de los nacionalismos? ¡Somos tan permeables, manipulables, sobornables ideológicamente que damos risa!

Creo que Aramburu no pretende responder a eso. ‘Patria’ es ante todo una novela, una crónica humana que recoge los diferentes ángulos que erigieron el monstruo al calor de un nacionalismo exacerbado o tras el profundo dolor social y personal, después de sentirse vencidos, abatidos, exhaustos ante la sinrazón terrorista. No puede profundizar en los personajes porque se centra en la fase posterior, intentando zanjar, curar, porque desdoler el dolor es imposible y porque sería tan vasta como la vida y el tiempo que intentan reflejar. Creo que no se le pueden pedir más a 632 páginas ante un drama de tal magnitud. Porque ‘Patria’ arma y desarma el conflicto, la ‘lucha’ (terminología de nefastas reminiscencias), desde diferentes vértices, desde el punto de vista de nueve personajes de dos familias amigas, para mostrarnos la brecha abierta en la sociedad vasca a raíz del terrorismo. Muestra en diferentes dimensiones cómo se construye y en qué puede derivar el nacionalismo. A partir de la muerte de Txato (mero catalizador, es cierto), ofrece una panorámica general, un ambiente, una multiplicación de pequeños conflictos entrelazados entre sí que tejen el mundo abertzale, que se desprenden de él.

En ‘Patria’ hay personajes valientes, desquiciados, sibilinos, tibios de los que no quieren líos, inteligentes y sensatos. Y hay dos madres desbordadas al ver sus familias rotas. Tiene además momentos que me han conmovido: Bittori regresando y plantando un geranio en su balcón, acudiendo después a la huerta de Joxian para revelarle el motivo por el que ha vuelto al pueblo, las ‘charlas’ en el cementerio, y varios con enorme contención —aparente— tan vasca, de algunos personajes como Xabier, el hijo del Txato. Incluso me han conmovido algunas de las reflexiones de Jotxe Mari en prisión.

La novela se vale de una estructura ligera, funcional, hábil, y hace converger casi en una misma realidad, en un mismo plano, pasado y presente. La única que no se permite mirar atrás en toda la historia es Miren, la madre del etarra y de Arantxa. El resto evocan, recuerdan intentando entender, curar, revivir. Es curioso que sea la familia del asesinado la que deba irse del pueblo después del atentado, quitarse de en medio para contribuir a La Paz, aunque necesite volver un tiempo después. Aramburu refleja con medida pulcritud ese proceso. Se me han quedado cortas sus más de seiscientas páginas (algunos personajes daban mucho más de sí); no sé si es glotonería lectora. No podría —me niego— a analizar la forma, el estilo de una novela que el propio autor ha dicho no querer escribir pero necesitar hacerlo. Me da reparo, aunque sea por respeto a las generaciones que nos precedieron, actuaban más, se la jugaban más. ¿O no?
¿Es un poco previsible, estándar? ¿Usa mal las preposiciones? Yo la he recomendado.

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