Lo que de cuento tiene la vida, Alice Munro

No es fácil hablar de Alice Munro. He leído y releído tres o cuatro de sus libros de cuentos en varias ocasiones. Y he escuchado en los últimos meses a Kike Parra, Justo Serna y leído a Eloy Tizón sobre ella, además de asistir a clases de Vicente Marco donde se trabajaba algo del cuento. Y aún así no sé cómo cuenta sin contar ni dónde reside el truco de su memoria asomada por un resquicio, sus silencios latentes, esos relatos en los que parece no pasar cosas, el día a día de sus personajes que pasean por la vida casi sin enterarse, como tantas veces nosotros. Igual que si en sus historias fluyera o se escapara sin querer lo que la vida tiene de cuento, lo que las vidas corrientes pueden tener de reseñable, anecdótico, de flujo viviente, extraordinario o no.
Contaba Justo Serna que en una entrevista la premio Nobel explicó su gusto por “observar a la gente en instantáneas, a fogonazos, entre un momento y otro”, en ese trayecto. Más allá de la pericia narrativa o control técnico, no sé si Munro intentó reflejar como decía María García-Lliberós desde un cierto feminismo nuestra posición y nuestro modo de ver. Creo que no responde a categorías ex profeso, pero sí refleja maneras tremendamente femeninas. No enfrenta a sus personajes, que se encuentran, se topan, rozan, soslayan, evadiendo los conflictos y casi las circunstancias que puedan perturbar unas existencias a primera vista tranquilas. Hay que releerla, leer entre líneas para llegar a la conmoción, para ahondar en esos seres que parecen formar parte de un mismo magma en donde todo se confunde. Constataba Kike Parra Veïnat en la librería de Almudena Ramon Llull que para Munro “tan importantes son lo que ocurre ahora, como los recuerdos. Esa selección de momentos es la principal marca de Munro. Sabe elegirlos. Disyuntiva de en qué momento estás. Todo es importante para entender historias, sin exhibición retórica, centrada en exactitud. Hay una historia, y parece que siempre sea la misma, con pequeñas variaciones”.
Sí es cierto que puede resultar monocorde, como apuntaba Eloy Tizón en ‘Herido leve’. Para mí, dije en el club de lectura de Lola Gaia Benimaclet, más que la Chéjov canadiense, el adorado Chéjov de Vicente Marco Aguilar, podría ser la antiShakespeare, como tantas féminas en entornos aparentemente sosegados, intentando controlar todo a su alrededor, sea eso o no realmente posible. ¿Quién no quiere pasar por la vida sin que ésta le hiera o hiera a los suyos, rehuyendo de perturbaciones y pasiones, mirando hacia atrás y vislumbrando a duras penas? ¿quién no quiere conocer y curiosear en qué radica el secreto de nuestros vecinos, dónde anidan la historia o los sucesos que les marcaron y definieron, esos rasgos delatores de que una vez pasaron o pasamos por algún lugar y alguna gente y qué nos hizo, de un modo u otro, mella?